La Saga

Hay nombres que quedan grabados en la historia. Nombres que se alzan sobre la mediocridad, que dejan su huella en la historia. Nombres que evocan hazañas heroicas, y terribles atrocidades. Y de todos esos nombres, ninguno es más infame que el de Gérard Molette.

Esta historia, sin embargo, es sobre su guardaespaldas.

El Ingenio Ícaro - Portada

 

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  • Steampunk 1999: El Corazón de la Nación 

Editorial Valinor, 2015

Esta es una historia del mundo como podría haber sido, pero no fue. De un mundo de cielos grises por el hollín de las chimeneas y titánicos dirigibles que albergan ciudades en su interior. De un mundo de invenciones e inventores fascinantes y terribles.

Esta es una historia de una herencia maldita, de persecuciones y de disparos. De hombres convertidos en máquinas, de una máquina capaz de escribir el destino de un hombre antes que suceda, y de una dama que se ve envuelta en todo ello. Y su guardaespaldas con ella.

Hay veces que se hace complicado responder a ciertos interrogantes, igual que es complicado describir un color.

Ellanor… ¿Cómo era vivir con él? ¿Con tu padre?“, me preguntan. Me he dado cuenta de que nunca dicen su nombre, cuando lo hacen. Como si fuera a traer la mala suerte a sus vidas.

Complicado…

Entonces cuento uno de mis primeros recuerdos. Era aún muy niña… Tres años como mucho. Mi madre me había regalado un pajarito, para que cantara en mi ventana por las mañanas e iluminara los días grises. Para que pusiera una sonrisa en mis labios. Y un día, el pajarito murió. Con lágrimas en los ojos llevé aquel cuerpecito pequeño, frío en mis manos, para que mi padre lo arreglara.

Así veía a mi padre entonces… Era el hombre que arreglaba cosas. Mi papá, el arreglador.

Con una gran sonrisa y un abrazo me dijo que no me preocupara, que haría algo al respecto. Con sus enormes manos me limpió el llanto, y me sentó en una de las enormes sillas de aquel enorme laboratorio del que apenas se ausentaba.

Esperé, con los pies colgando, y con la pena aliviada, porque mi pajarito cantaría de nuevo para mí todas las mañanas.

Con otra gran sonrisa, al cabo de un rato largo, durante el que esperé quieta y callada – como él me exigía cuando entraba en su laboratorio – puso su obra en mis manos… Pero aquel no era mi pajarito. Engranajes de metal afeaban su figura, negro aceite ensuciaban sus hermosas plumas celeste, y su gorjeo lo sustituía el incesante mecanismo de un reloj. Se movía como si viviera, y voló cuando aparté las manos, a partes iguales repugnada y asustada.

Y nunca olvidaré la mirada de desdicha de mi padre cuando me eché a llorar de nuevo, incapaz de comprender mi horror y terror en su genialidad; en su locura.

Así era la vida con mi padre, todos los días. Así era la vida con Gérard Molette, “le chevalier fou“.

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