Flores Amarillas

Cruzar el umbral de la Maison Molette todavía despierta un sentimiento a medio camino entre la irritación y la decepción. Irritación ante la perspectiva de verse en deuda para con un patrón que pasará a la historia como genocida, maníaco y asesino, o bien como salvador, ilustre genio y pacificador. Todo depende de quién acabe ganando la guerra. Y decepción para consigo mismo.

Allward Copper, al servicio de su majestad, la reina Victoria de Camelot, tercera de su nombre. Sí, claro.

A veces fantasea con volver a su patria, convertido en un héroe, habiendo asesinado al hombre al que ahora sirve. Tal hazaña le convertiría en un héroe nacional, probablemente. Pero entonces tendría que verse en el espejo el resto de sus días, y recordar que el peor hombre de Europa le tendió su mano cuando él la necesitaba, y le mató por ello.

Allward Copper no es ese hombre. Aún no, al menos…

Una de las sirvientas le dedica un cortés saludo cuando cruza el recibidor, y escuchar las amables palabras en francés -alto imperial, que lo llaman ellos- rompe la fantasía antes de lo acostumbrado. Obligado a vivir en una tierra de la que es enemigo y forzado a servir a un hombre que amenaza a su patria, por nada menos que su propia conciencia.

“Debe de haber alguna ironía en todo esto que se me escapa…”, murmura para sí.

–¡Allward! –Ellanor aparece de uno de los largos corredores del cavernoso y opulento palacete– Ya estás murmurando de nuevo ensimismado… ¡Habla imperial, al menos!

La sonrisa de la joven dama siempre le desarma, especialmente ahora que manchan sus ropas de verano la mugre de su jardín, como una niña que ha estado jugando en el barro.
–Venga, ayúdame con esto. –Sin dejarle rechistar siquiera, le hace sujetar el cesto de mimbre en el que varias fresias esperan a ser asignadas a los múltiples jarrones del hogar. La chica ha hecho su misión personal alegrar la mansión que su padre no tiene interés en ordenar, más allá de dejar abandonados los diferentes libros de su biblioteca personal cuando se aburre de hojearlos.

Forzado a hacer de criado, Allward sigue a Ellanor en lo que parece un recorrido turístico de la vivienda. Cuando finalmente pasan por delante del despacho de Gérard, el hombre al que debe obediencia, la leve sonrisa que había aflorado a los labios del ex-militar se marchita como las flores que están retirando de los floreros.

Pero esta vez no tiene un cesto con el que sustituirla.

–Disculpadme, Majestad. Debo hablar con vuestro padre. –Utiliza el apelativo que el genio le obliga a usar cuando se dirige a la muchacha. No sabe si es fruto del cariño que profesa a su hija (la única persona a la que no trata como un juguete), o deseo de ridiculizar al británico.

Ambas, probablemente.

La reunión con Gérard no dura más de unos minutos, en los que no desperdicia una mirada en su matón particular. Se le hace una única pregunta, que responde con un monosílabo, antes de que le asignen un nuevo encargo. Al menos le permite pasar la noche en la habitación que se le ha cedido como pago por sus servicios, pero al amanecer deberá viajar de nuevo a tierras remotas a cumplir una nueva y odiosa misión.

Silencio es todo cuanto recibe a modo de despedida.

Aturdido, como cada vez que se enfrenta a un hombre que representa para él salvación y némesis, Allward se sienta en el borde de su cama. No quiere cenar, ni quiere hablar con nadie. Se queda a solas con su conciencia, hasta que finalmente levanta la mirada, observando un pequeño jarrón blanco en el que reposa un generoso ramillete de flores amarillas.

Con un ligero remedo de sonrisa, toma una con mano temblorosa. Hay cosas buenas en su vida, todavía.