Mal Despertar

Algo va mal cuando intenta abrir los ojos, y sigue rodeado de la más absoluta oscuridad. No sólo es su ceguera – algo que podría achacar a una noche cerrada, las cortinas echadas sobre la ventana y los ojos poco acostumbrados a la penumbra nada más despertarse pasada la medianoche -, sino todas las señales que recibe su cuerpo. El olor de la habitación en la que se encuentra, tan característico a cloroformo y formol. La dureza de la cama, y la carencia de sábanas. El sonido de algún líquido goteando.

Las correas que le atenazan brazos y piernas, impidiendo que se mueva.

Intenta gritar, pero algo le cubre la boca, y sólo se escucha un murmullo apagado a sus oídos.

— ¡Ah! ¡Buenos días, Allward! O noches acaso… No lo tengo demasiado claro, mon ami. — El mundo se ilumina de forma repentina y dolorosa, cuando alguien le quita el saco de la cabeza. Gérard, por supuesto… Frente a él, su patrón y propietario sonríe de su ladina forma habitual, sosteniendo el saco con el que le ha cubierto la faz. Unas puntadas tétricas en uno de los lados imitan burdamente los ojos y la boca de un rostro, y el lunático científico aprovecha para introducir la mano y gesticular, como si se tratara de un guiñol.

— Vamos a realizar un pequeño experimento… ¡Por la ciencia, por supuesto! — su voz se agudiza, intentando imitar la de un niño. La pantomima resultaría más triste que graciosa en otras circunstancias.

Ahora mismo, le provoca pavor.

— Gérard quiere saber unas cosas, y tú le vas a contestar, ¿verdad que sí, Allward? — El “chevalier” arrima el títere improvisado a su cara. Allward no tiene otra opción que asentir lentamente. Por suerte parece que el juego de mímica aburre a su captor, y lanza el muñeco por los aires a su espalda, sin mirar ni apuntar en su trayectoria tras observarlo con expresión aburrida. Agradece también en cierta forma que hable con su tono de voz habitual. – Verás… No encuentro ningún espécimen en el que practicar cierto injerto. Así que vas a responderme a una pregunta simple…

El hombre se gira y se aleja de su campo de visión. Allward tironea de los cierres que atan la muñeca, tratando de cederlo. No tiene éxito en su empeño, y el loco que lo antagoniza no tarda en volver.

— La pregunta es… ¿Puede una persona sobrevivir tras sustituir uno de sus miembros por uno cultivado? — Al terminar la duda que ronda su perturbada mente, coloca frente a sus ojos una horrible parodia de brazo: hipermusculado y atrofiado al mismo tiempo, más adecuado para un simio que para una persona. Garras adornan el final de sus dedos, capaces de romper un torso humano a la mitad. El hombro, de tamaño aproximado al suyo, resulta cómico en contraste con el resto del apéndice, del que cuelgan fibras y venas.

Apenas tarda unos instantes en entender que Gérard le quiere quitar el brazo, y sustituirlo por esa grotesca aberración. Tan pronto como el concepto se posa en su mente adormecida, empieza a estirar frenéticamente de las ligaduras de cuero, aterrado hasta la médula.

— ¿Escapar? ¡Claro! ¡Puedes intentarlo! — dice aquel a quién creía si no benévolo, al menos benefactor suyo, mientras acerca una sierra cortante a la extremidad que desea cortar. Por la forma en que tuerce la comisura de los labios se diría que le divierten los esfuerzos del hombre por escapar.

Cierra los ojos con fuerza, tratando de despertar de la pesadilla… Y de pronto el mundo se vuelve oscuro, húmedo y silencioso. Reconoce vagamente la habitación, pero no se tranquiliza hasta que, a tientas, abre las cortinas y deja entrar la luz de la luna en la habitación.

La piel del soldado retirado brilla bajo el fulgor nocturno, cubierta por una pátina de sudor. Un reflejo inconsciente le hace llevarse la mano al hombro… Y su corazón parece detenerse cuando sus dedos recorren el surco de una cicatriz que no estaba allí antes.