Entrevista

Observa sus zapatos, suspendidos en el aire mientras zarandea sus pies de un lado a otro. Padre le ha asegurado que es un lugar divertido y fantástico, donde aprenderá muchísimo y hará montones de amigos. No ha servido de nada que le dijera que no quería adoctrinamiento gubernamental, que difícilmente los profesores estarían a la altura de su intelecto, o que no quisiera socializar con nada que no fuera una libreta en la que poder expresar sus ideas.

La contestación le ganó un azote por parte del hombre, y una orden colérica. “¡Irás al internado, te guste o no!“. La relación con sus padres, que ya era tirante y fría desde siempre, se había recrudecido hasta lo intolerable desde el asunto de Descartes.

Echaba de menos a su mascota mucho más de lo que extrañaría a sus progenitores.

Ahora mismo Gérard se encuentra en el despacho del rector de la “Escuela para Niños Dotados Santos Hermanos Montgolfier“, sentado en silencio, tal como padre le ha exigido, mientras trata de convencer a un anciano canoso con mirada perdida que le acepte en su colegio, estando tan entrado el curso.

–Se trata de un chico maravilloso, imaginativo… Estoy seguro que si le da una oportunidad, su potencial le deslumbrará. –Se desvive en elogios hacia su persona, pero Gérard no se engaña: lo que desea es deshacerse de él. Le ha descubierto en múltiples ocasiones observándole con el ceño fruncido, a veces asomando a su rostro una expresión de asco.

¿Qué le queda en casa? Nada. Un padre que se desharía de él si el escándalo no amenazara su buen nombre, y una madre que se niega a hablarle. Así, sólo le queda esta escuela, o la calle.

Le dará una oportunidad a la escuela, porque siempre puede escapar a la calle luego. Escoger la otra opción no le permitiría volver al internado en caso de desearlo. Es lo más lógico, así que cooperará.

–Bien… Dime, Gérard… –El anciano se ajusta los anteojos mientras le mira con ojos enterrados en cavernosas cuencas de piel vieja y arrugada–. ¿Qué es lo que te gusta?

El cerebro del joven hierve de posibilidades, tratando de encontrar la respuesta adecuada. ¿Qué quiere oír el rector? ¿Qué le garantizará la entrada en esta escuela?

–Me gusta construir cosas. –Una respuesta neutra y abierta. Es lo mejor que puede hacer de momento, sin tener más información.

–¿Cosas? ¿Cómo qué? –No tarda el viejo en ponerle en un nuevo aprieto. Le desagrada: ¿por qué no le dedica uno de esos incesantes monólogos que tanto aprecian los adultos? De sus expresiones podría deducir algo…

Piensa, Gérard, piensa“, se azuza a sí mismo. “Hermanos Montgolfier… Inventores del globo, canonizados post-mortem por la iglesia… ¿Globos? ¿Vapor? ¡Constructos!

–Inventos. Me gusta inventar. –Está satisfecho de su deducción.

–Es cierto… Siempre está desmontando todo lo que encuentra en casa. Y construyó él mismo ese tren de juguete que tanto le gusta… –Su padre corrobora su afirmación.

–¿Un tren? Dime, Gérard… ¿Cómo funciona ese tren? –Frunce el entrecejo mientras le habla, juzgándolo. No, desde luego no le gusta este anciano. ¡Es obvio como funciona un juguete a vapor! Aun así, entiende que se ve obligado a explicarlo para que le acepten en lo que espera que no se convierta en una prisión.

–Una vela calienta una pequeña cámara llena de agua. El agua se torna vapor, y empuja unas hélices que hacen moverse las ruedas. Y luego diriges el movimiento con una cuerda, para que dé vueltas y no se choque con una pared. –Qué vergüenza, explicarle algo tan elemental a un hombre que debería saber tanto… Y en lugar de abochornarse, el anciano asiente. Parece complacido en su ignorancia.

Su padre le mira, sonriente. Pero su mirada no acompaña la mueca… Hay ira y desprecio en esos ojos, que dicen “me he librado de ti”.

Quizá sea así, pero no será para siempre.