Roto

No se mueve.

Es raro, porque Descartes siempre está animado. Siempre le salta encima cuando llega a casa, manchando su camisa de barro y su cara de babas. A Gérard no le importa que lo haga, y en ocasiones resulta incluso divertido jugar con él, haciendo ver que lanza la pelota a lo lejos, pero manteniéndola en el puño, todavía. No importa cuantas veces repita el truco: el pobre chucho siempre sale disparado hacia donde cree que se dirige la pelota, y tarda casi un minuto en volver a golpearle amistosamente con su hocico.

Pero en lugar de acercarse con alegría, moviendo el rabo y jadeando, Descartes permanece tumbado en el suelo.

Y no se mueve.

Gérard se acerca, y posa su mano sobre la testa del can. Está frío. No respira. Coge su cabeza y la gira hacia él: sus ojos están cerrados, y se diría que su rostro está en paz, beatífico, manteniendo todavía esa farsa de sonrisa que siempre muestra su perruno hocico. El joven frunce el ceño, intentando comprender lo que ocurre con la sabiduría que ha acumulado durante sus diez años de edad. Está roto. Eso es lo que pasa. Igual que el reloj de padre cuando dejó de dar la hora, o la caja de música de madre cuando dejó de cantar al abrirla.

Y tal como arregló ambos mecanismos, Gérard arreglaría también a su perro.

Mientras prepara los instrumentos que cree que necesitará, el chico piensa en la muerte. No le es una idea ajena, aunque nunca ha reparado demasiado tiempo en lo que conlleva. “¿Para qué morirse? Es un gasto absurdo de la vida”, piensa para sus adentros. “Debería haber alguien que arregle la muerte, claro”. Él podría hacerlo. Se sabe capaz de arreglar cualquier cosa. Lo que sea. Empezaría por Descartes. Quizá, una vez que su habilidad quedara demostrada, padre le permitiría arreglar también al abuelo, de quien apenas se acuerda ya.

Utiliza utensilios de cocina limpios, y coloca el cuerpo de Descartes sobre la mesa del comedor, queriendo aprovechar la luz del atardecer antes de encender los candiles. Necesita subirse a una silla para poder trabajar cómodo. Tiene una hora larga antes de que sus padres vuelvan al hogar, y tras cerrar la puerta de la sala con llave, empieza a trabajar.

Es fascinante. Una maquinaria tan compleja como nunca había visto hasta ahora se revela ante él. Le cuesta comprender la utilidad de cada componente, pero tras veinte largos minutos encuentra el problema: el corazón no late, y debería estar latiendo. En retrospectiva, resulta obvio, y debería haberlo deducido sin necesidad de abrir en canal al animal. Lo achaca a su inexperiencia, sabiéndose un niño todavía. No volverá a cometer un error similar.

Ignorando la sangre que mancha suelo, manos y ropa, abre la puerta a tiempo para encontrarse a uno de los mayordomos. La visión resulta demasiado para la habitual serenidad que Sébastien demuestra, dejando escapar un alarido de su garganta, y permitiendo que caiga la pila de ropa planchada que llevaba. Abraza asustado al muchacho, que ignora sus preguntas.

–Ahora no, Sébastien. Necesito una caldera pequeña, varios tubos de cobre… –El sirviente ignora su petición, asustado a todas luces. Le lleva al baño, donde criadas que desoyen sus necesidades le limpian y adecentan, eliminando el hedor del que ni siquiera era consciente.

Llega la noche, y Gérard se encuentra frente a su padre, que parece más consternado que furioso.
–¿Qué ocurrió, Gérard? ¿Qué te llevó a semejante locura? –Al joven le irrita tanto el tono condescendiente que usa, como la descripción de su generosidad al intentar arreglar a Descartes como un perverso acto de demencia.
–Quería arreglar a Descartes, claro. Ya no funcionaba cuando llegué a casa.

Sus palabras afectan profundamente al hombre, que cubre su rostro con ambas manos, y le abraza a continuación. Gérard se queda completamente quieto mientras lo hace, sintiéndose tan incómodo como cada vez que le profesan afecto.