Vicisitudes de la Mujer Imperial

Se agarra con fuerza al dosel de madera, mordiéndose el labio con fuerza. No esperaba esto, no debía ser así.

Llevaba años esperando este momento. Un paso adelante en su vida, un momento de gloria. Llegaba por fin su decimoquinto cumpleaños y era momento de presentarla en sociedad. Los amigos de padre estarían esta noche presentes cuando la introdujera al mundo fuera de los muros de la mansión, y se viera bien que socializara con otros nobles. Sería adecuado por fin.

¡Por fin!

Junto a otras tantas novedades, llegaba también un cambio de armario. Dejaría atrás los vestiditos infantiles, de estampados primaverales, de inocentes tirantes y de recatados escotes. Por fin podría llevar uno de esos hermosos corsés que lucían las deslumbrantes mujeres de todas aquellas celebridades que en ocasiones venían a cenar al hogar. Para el día de hoy había escogido uno especialmente hermoso: filigranas doradas recubren una estructura de cuero negro con cortes trenzados de seda, escondiendo las varillas de metal que darán forma a su figura.

Pero no la habían preparado para la tortura que conllevaba lucir la vestimenta. Sí, es cierto: había oído alguna vez que resultaba doloroso, pero descartaba aquellas quejas como fruto del peso de la edad, o del exceso de carnes que trataban de embutir en ocasiones dentro de una ceñida faja.

Y, en efecto, duele.

Pero lo peor no es el dolor, sino el sofoco. Le falta el aire, como si se le hubiera caído una viga en el estómago y le aprisionara los pulmones. No puede doblar la cintura, lo que la obliga a erguirse de tal forma que le cuesta mantener el equilibrio si trata de sostenerse por sí sola. ¿Sería por eso que tantas damas se apoyaban en su escolta?

La sirvienta termina de ajustar los nudos que ciñen el ajustador por detrás, dando un último tirón que vuelve a dejar a Ellanor sin aliento. Su visión se ve inundada por decenas de puntos de colores unos instantes, mientras su cuerpo parece acostumbrarse al suplicio al que lo somete.

–Estáis hermosa, joven dama. –Antoinette, que así es como se llama la criada, pulsa un botón en su tocador, abriendo un biombo de espejos a su alrededor al son de la maquinaria de relojería que gobierna su movimiento, y apartándose para que la muchacha pueda contemplar su aspecto en los múltiples reflejos que imitan cada uno de sus gestos.

En verdad se ve hermosa. El corsé realza la forma de sus caderas, que todavía se ven infantiles pero prometen ya curvas provocativas. Una falda de tonos terrosos fluye alrededor de sus piernas, y bajo el corsé, una delicada camisa de punto de cuello alto y puños con bordados florales termina de crear el efecto deseado: ostentosamente sencillo, y complicadamente simple.

Mientras se maravilla ante la visión de su nuevo yo, Antoinette abre la puerta de la habitación, siguiendo la llamada por alguien de fuera. Recogiendo el mecanismo de espejos, Ellanor se gira esperando deslumbrar a su padre con su aspecto.

Y logra deslumbrar, pero es el nuevo guardaespaldas quien espera por ella.

–Gérard… Desea tú… vayas abajo. –Por lo que Padre le dijo, el hombre es un traidor a la corona británica, y saber eso le disgusta. ¿Cómo puede confiar en alguien que no es capaz de respetar sus promesas? Y su Imperial es execrable, teniendo problemas para compartir hasta las ideas más sencillas. Alzando el mentón airada, y sin dirigirle una palabra, la joven biennacida se apura a salir de la habitación y perderle de vista.

No tarda ni dos pasos en perder el equilibrio, y habría dado con sus huesos en el suelo si el rufián a sueldo no hubiera rodeado la cintura de Ellanor con su brazo un instante antes. Si no le faltara el aire para respirar estaría ruborizada ante el descaro. Contiene el primer impulso que aflora a la superficie (cruzarle la cara al descarado matón), y, tras un segundo o dos para recobrar la compostura, se lo agradece en su propio idioma.

–Os agradezco el gesto, Copper.

–No ha sido nada, milady… ¡¿Habláis británico?! –En otro momento el tono de voz del hombre habría girado rostros hacia él, pero la fiesta que tiene lugar en el piso inferior de la mansión es lo bastante bulliciosa como para tapar su bramido.

Pero para entonces Ellanor ya está descendiendo los escalones mediante cortos y lentos pasitos, disfrutando de la atención que reclama su aparición, y no piensa en darle una explicación al juguete de su padre. Probablemente no dure más de un mes o dos, como los demás.