1910

Centenares de ojos buscan también su mirada. No hay animosidad, no hay desprecio: solo silencio. La plaza ha enmudecido desde que dos soldados en uniforme negro cordobán han empezado a escoltar al hombre hacia el cadalso que se alza majestuoso y solitario en el centro de la plaza.

Sobre el cadalso, la guillotina espera.

Restos de gomina vieja, de varios días ya, brillan al sol del mediodía sobre la cabeza del prisionero. Su bigote luce tan deslustrado como su traje, sucio por el polvo y rasgado en los codos y las rodillas. Las ojeras destacan en un rostro demacrado y blanquecino, de un hombre que ha pasado demasiada hambre, y demasiado tiempo sin ver el sol.

Y demasiado tiempo ha estado encerrado, para que así el preso desee que termine su castigo, y vea la ejecución como una recompensa, una liberación. Pero hay luz en sus pupilas, aunque sea fruto de la llama de la rabia. Se aprecia juicio y censura en la forma en que frunce el ceño, y desafío en el esfuerzo por mantenerse erguido por sí mismo en vez de dejarse llevar como un maniquí por sus captores. Capturado sí, pero no derrotado: hasta el mismo final pretende ser el espíritu de la revolución; el espíritu de la genialidad.

El séquito lo abandona en las escaleras de sucia madera, ennegrecida por el hollín de la ahora perpetua nube de polución que cubre París, fruto del desarrollo industrial. Es el primero en pisar el estrado, dado que es el último en el que dejará huella. Tras él suben primero un fofo clérigo, vestido con suntuosos ropajes de blanco y oro y cubriendo su testa una mitra igualmente recargada que bambolea con cada peldaño que escala, y luego una figura sombría ataviada por un sobrio traje negro y una máscara del mismo color, que contrasta con la opulencia del monje.

El religioso contempla a los reunidos, contenidos en la plaza de la Bastilla por un muro humano formado por soldados. La ejecución es pública, y la asistencia ineludible. El ejército, mano ejecutora de la iglesia, ha reunido a dos millares de personas, arrancados de la relativa paz de sus casas para contemplar este espectáculo macabro y ser testigos del precio a pagar por atreverse a cuestionar la autoridad del Único y Gran Imperio de Europa.

–Nikola Tesla… –La voz cavernosa del orondo clérigo resuena en la plaza, silenciando los leves murmullos que se alzaban desde la multitud–. Muchos son tus pecados contra el hombre, La Máquina, y su divinidad. Grande tu descaro por atreverte a domar el relámpago bajo tu mano, encerrando el poder de Dios todopoderoso como si fuera tu juguete.

Tras una teatral pausa, el clérigo continua con su monólogo.
–¡Grande es tu osadía por pecar contra el creador, por servir al diablo con tus invenciones! –Toda alma en la plaza parece sostener la respiración, sabedores de lo próximo que ocurrirá, pues durante la última década más de un centenar de inventores han sido ejecutados tras ser tildados de heresiarcas, por considerarse que sus creaciones eran pecado.

–Y por eso, yo, Natanael Lungimiranza, en nombre de la iglesia del Engranaje como voz de La Máquina, que es Dios, y su voluntad… Te sentencio a muerte.

La historia recordará como el inventor, el inculpado, no hizo frente a las acusaciones. Como simplemente alzó su rostro desafiante contra el siervo de la iglesia, rezumando su mirada odio y desprecio. Y, en silencio, fue conducido al cepo donde otras tantas mentes geniales y únicas como la suya sufrieron la caricia de una afilada hoja de cuchilla.

Así lo recordará la historia, porque ninguno de los presentes se atrevió a mencionar como los labios de Nikola Tesla estaban cosidos para que no escapara palabra alguna de su boca.