Pesadilla

Lleva ya diez minutos sosteniendo el pequeño candil en la mano y una muñeca de trapo deshilachada por el uso en la otra, tratando de encontrar el valor necesario para abrir la puerta. La joven no puede evitar tiritar, a pesar de cubrirse con una pesada bata para mantener a raya el frío nocturno que invade las cavernosas estancias de la mansión.

Se dice a sí misma, una y otra vez, que ya no es una niña. Trata de creérselo con todas sus fuerzas.

Pero cada vez que cierra los ojos, puede verlos en la oscuridad, acechando.

Antes que logre hacer acopio del coraje que necesita, la puerta del despacho se abre, y puede ver la expresión extrañada del rostro de su padre, tratando de arreglar el cabello desaliñado que cubre su cabeza mientras la observa.

–Me preguntaba qué eran esos sollozos… –Puede ver el agotamiento y la curiosidad en sus ojos. Lleva despierto toda la noche, sin duda, como suele pasarlas habitualmente. Gérard Molette sólo duerme cuando el agotamiento le vence y su cuerpo reclama la necesidad de descanso que ignora durante horas, y días incluso, en ocasiones–. ¿Estás bien, pequeña flor?

–He tenido un sueño feo… –Le da vergüenza admitir que una pesadilla ha asustado a alguien tan mayor como ella–. ¿Puedo quedarme contigo?

Su padre se gira, observando el interior de la habitación antes de volver la vista hacia el farolillo y la muñequita que lleva, pensativo. La chica sabe qué pensamiento cruza por su cabeza, y decide atajarlo antes de recibir una negativa.

–No haré ruido, de verdad. Lo prometo.

Gérard tarda casi todo un minuto en asentir, pero acaba sosteniendo la puerta para que la muchacha pase al interior del desordenado estudio. Engranajes, tuercas y tornillos se extienden como una alfombra alrededor de una gran mesa de caoba decorada con filigranas, sobre la que reposan herramientas y extrañas construcciones mecánicas a medio hacer. Ellanor contempla el trabajo de su padre a través de los maravillados ojos de la niña de ocho años que olvida que es, tratando de descubrir qué uso tiene cada objeto desconocido.

Quiere preguntarlo, pero ha prometido guardar silencio. Mientras sus ojos recorrían el cuarto su padre ha retirado pilas de libros que ocupaban uno de los dos divanes, estando el otro enterrado bajo capas de ropa usada y sucia de grasa, aceite y comida. El servicio tiene prohibido entrar en el despacho privado del cabeza de familia, así que Ellanor hace un apunte mental de coger la ropa tras el desayuno y dejarla en manos de los criados para que hagan lo que buenamente puedan. Tras valorar cada libro, Gérard deja uno en el diván mientras le dedica una leve sonrisa a su hija, en una silenciosa invitación a su lectura, antes de volver a su silla.

No quiere volver a dormir, y decide que si su padre puede permanecer despierto toda la noche, ella también es capaz. Abre el libro y hojea las ilustraciones que contiene: detallados diagramas de máquinas que es incapaz de comprender, pero que aprecia por su hermosura. De vez en cuando encuentra algún grabado que ilustra algún concepto del capítulo: desde gente alzando grandes bloques usando cuerdas y ruedas, hasta mujeres usando telares. No tarda en aburrirse del pesado tomo, dejándolo reposar en el suelo junto al resto de volúmenes, y centrando su interés en el brillante genio que se encuentra ensimismado ajustando un complejo mecanismo de relojería.

No hace ruido, ni más movimiento que rascarse los ojitos cansados de tanto en tanto, cuando un inexplicable picor los atenaza. Poco a poco su parpadeo se alarga, hasta que queda dormida en el largo sillón, habiendo olvidado completamente la pesadilla.

En algún momento su padre alza la cabeza, sonríe, y se levanta con cuidado para taparla con una chaqueta que extrae de la pila de ropa, antes de volver a su inconclusa tarea. La fecha de entrega se acerca peligrosamente, y no puede defraudar a sus benefactores, pues depende de su obra el bienestar de su familia.